
En torno a nuestros símbolos

Al hilo del espectáculo habitual que se visualiza en estos días de masas muy numerosas de personas normales, trabajadoras, consecuentes y demócratas, que, desesperadas ante lo que se avecina, alzan la voz en calles de pueblos y ciudades en protesta por la intención expresa de parte de abolir torticera y altaneramente principios básicos de una Constitución que se construyó entre todos, con mucho sacrificio y más esperanza, eludiendo los mecanismos por ella misma establecidos para su adaptación a tiempos y circunstancias, no dudando en modificar, desatender y revocar dictados judiciales para alcanzar poder a cambio de cesiones incomprensibles para el ciudadano de a pie, a individuos juzgados y condenados por actos probados contrarios a nuestras leyes legítima y democráticamente promulgadas, desautorizando y destruyendo sin reparo ni pudor todo cuanto se opone a un interés muy particular, produce una profunda tristeza.
En estas aglomeraciones de protesta hay un detalle que, a mí, íntimamente, me llena de congoja. Me refiero a la imposibilidad de entonar el Himno Nacional. Cuando has disfrutado el privilegio de recorrer toda Europa, no en viaje organizado, sino en furgoneta habilitada primero y autocaravana después, cuando te has mezclado con el pueblo y circulado junto a él por carreteras secundarias, compruebas de primera mano el fuerte y limpio orgullo que, en general, sienten por aquellos símbolos que identifican su singularidad. La bandera nacional ondea sin pudor en jardines y balcones en casas suecas y noruegas, y el himno nacional se entona y canta con respeto y seriedad en múltiples y cotidianas ocasiones en Alemania, Gran Bretaña y, ¡no digamos como suena «La Marsellesa» en la Plaza de la Estrella y los Campos Elíseos de París un trece o catorce de julio!
Aquí no se puede cantar. Carece de letra. No queda otra que acudir al «lolailo, lolailo», y eso ¡con timidez! No es algo que esté «bien visto» en el «mundo moderno». Solo es permisible, y porque no puede ser de otra forma atendiendo a las legislaciones internacionales, en eventos deportivos de relevancia. ¡«Es que la letra es franquista!», argumentan aquellos que han construido, o salido, de un sistema educativo que llena aulas universitarias con alumnos que ignoran qué es un logaritmo, son incapaces de calcular un porcentaje o interpretar un climograma, no han leído, y menos comentado, un texto de Cervantes o Calderón —¡es que tratan de dignidad, honor, justicia y patria!—, o de Madariaga, Sánchez Albornoz, o el propio Azaña.
Junto a otros símbolos del Estado, el Himno Nacional es oficializado en tiempos de Carlos III e Isabel II. Como suele suceder con otras marchas, carece de letra, lo cual no implica que, a lo largo de los años no hayan existido propuestas que por razones políticas, no se han admitido de manera oficial. La última letra conocida es la de José María Pemán, rechazada por su —supuesta— condición «franquista». Esos «sabios» de la modernidad, los mismos que adjudicaron igual etiqueta a los almirantes Churruca y Alcalá Galiano —finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX—, o a la ciudad toda de Toledo porque un puñado de militares no rindieron su Alcázar al ejército de la República, desconocen que se escribió en el año 1928, cuando el general Franco no era más que el director de una academia militar.
Tachar de «facha» este texto concreto del literato gaditano me parece un insulto a cualquier inteligencia media. Canta al orgullo de ser español, de pertenecer a un pueblo de larga y brillante historia capaz de superar tiempos adversos, como aquellos de finales del XIX, la «crisis del 98», tan recurrente en el pensamiento del momento, con trabajo (los yunques y las ruedas), fe en el futuro, y ¡en paz!, en una línea muy similar a la tendencia emergente por esos años, conocida como «Generación del 27», en la que se encuadran genios tan poco dudosos como Federico García Lorca, Miguel Hernández o Rafael Alberti.
He aquí la letra de José María Pemán: «¡Viva España! Alzad la frente hijos del pueblo español que vuelve a resurgir. Gloria a la Patria que supo seguir, sobre el azul del mar, el caminar del sol. ¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas cantan al compás del himno de la fe. Juntos con ellos cantemos de pie la vida nueva y fuerte del trabajo y paz».
Este no es el himno de la dictadura. El franquismo lo modifica sustituyendo su «alzad la frente» por «alzad los brazos», y «los yunques y las ruedas» por «los yugos y las flechas», cambiando totalmente su sentido. Encontrar en el original un punto de incitación al odio, a la violencia, a la esclavitud, a la segregación o el abuso, me parece como poco temerario, máxime si se compara con los mensajes de «paz» y «amor universal» que caracterizan «La Internacional» o «La Marsellesa», sin hablar de lo que transmite la letra que para el «Himno de Riego» —símbolo de la República—, compone Evaristo Fernández San Miguel.
No propongo la utilización del texto de Pemán. Sí que, como ya ocurriera con el escudo de nuestra bandera, aceptemos uno. Seleccionemos entre las múltiples propuestas existentes. Las hay en abundancia: Eduardo Marquina, el Comité Olímpico Español…, ¡hasta Joaquín Sabina!, entona «Ciudadanos en guerra por la paz y la diosa razón, mano en el corazón». Alguno puede representar nuestros valores —el Barça, el Madrid o el Betis, presumen de ellos en su ADN, ¿y los españoles no? —, o construyamos otro.
¡Qué poco serio queda tararear juntos el «lolailo, lolailo» en momentos trascendentes.
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