
Pedagogía y máster

Este tiempo pertenece a unas generaciones a las que se ha hecho creer que son las «mejor preparadas de la historia», que fueron educadas en una pedagogía basada en la reclamación del propio derecho sin subrayar que ese ejercicio conlleva necesariamente obligaciones para consigo mismo y para con los demás, y sin advertir al personal que objetivos y sueños exigen dedicación y esfuerzo.
La política educativa, desde la derogación del modelo de Villar Palasí, ha puesto ante los ojos de una sociedad crédula y poco crítica, un muestrario de avances e inversiones ilusorias dirigidas a «nivelar las desigualdades emanadas de los diferentes estatus económicos y culturales de los alumnos». En la práctica, para conseguirlo se ha limitado a rebajar hasta límites inadmisibles los umbrales de exigencia establecidos para superar niveles, no solo en los estadios básicos y obligatorios, sino también, y ello me parece además de inmoral muy peligroso, para certificar y expedir titulaciones superiores que se otorgan incluso con materias pendientes. Esto sucede en ESO, Bachillerato y, aunque parezca increíble, en Facultades y Escuelas Técnicas.
Por otro lado, la derrota absoluta de la pedagogía del esfuerzo en esta atmósfera de posmodernidad que vivimos, ha otorgado condición de valores deseables a la picaresca y a la trampa, generalizadas de tal modo y alentadas desde los intereses económicos de ciertas «academias» especializadas, que obligan a los departamentos universitarios responsables a solicitar la instalación de inhibidores de frecuencia para proteger la validez de exámenes y pruebas, permiso, por cierto, no siempre autorizado por la autoridad legal competente.
Hace unos meses fui testigo, asombrado, de cómo, en las cercanías de un conocido centro educativo almeriense, sentado cómodamente en un banco, un joven dictaba desde un móvil a alguien las respuestas de un examen, que, por su contenido, ¡no superaría el Tercer Curso de Educación Secundaria Obligatoria!
Si a todo ello se añade la obligada adecuación del sistema universitario al modelo europeo del grado de cuatro años en sustitución del tradicional de cinco de las licenciaturas hoy extinguidas, es clara la consecuencia: la devaluación del título oficial como certificación acreditativa de un determinado nivel de competencia. Y ello de forma y manera generalizada. No importa si fue obtenido con esfuerzo, dedicación y estudio o no, el título en sí mismo no es sino un adorno para enmarcar y colocar en una pared. Lo cual, indefectiblemente nos lleva al tema «master».
Pero la política de becas y ayudas económicas al estudio, con recursos limitados, que subvenciona a demasiados individuos cuya actitud y trabajo nunca les hicieron merecedores de ese beneficio, no tiene capacidad para atender este estadio universitario avanzado. Si se necesita un «máster», debe pagarse. Paradoja: la principal perjudicada es, precisamente, la clase social más humilde, esencialmente aquella que, supuestamente, se trata de promocionar.
Y, de nuevo, aparece la picaresca tan arraigada en nuestro espíritu español. La oferta de «másteres» se incrementa exponencialmente. Los hay de todo tipo, condición y precio, presenciales y on-line, con requisitos académicos previos y sin ellos, diseñados desde entidades acreditadas y serias u ofertados por sólo Dios sabe quién…
Cierto master en Osteopatía, a distancia, está certificado por una inexistente Universidad de Medicina Natural de Rumanía. Otro, en Naturopatía, por la Organización Mundial de la Salud Natural. La sede del Instituto ofertante y de la Organización Mundial validadora coinciden en un mismo domicilio de Cantabria donde realmente se ubica ¡una tienda multiprecio de alimentos para mascotas!…
A poco que arañes en la superficie del tema encuentras que, de la noche a la mañana, una empresa de rotulación y señalización de carreteras, y el caso también es real, se transforma en «universidad internacional», o que otra «International University», está promovida por cierta asociación sin ánimo de lucro que, según la Interpol y algunos Colegios Oficiales de Psicólogos, está incluida en el catálogo de posibles sectas peligrosas…
El «master», en demasiados casos, se compra, y por lo visto, no solo con dinero. Esta es la percepción que, lamentablemente, ha calado en un sector amplio de nuestra sociedad y que los hechos vergonzosos que estamos conociendo refuerzan. Me consta que algunas universidades serias han levantado ya la voz denunciando la situación y aclarando explícitamente a los aspirantes que, el hecho de abonar una matrícula no presupone la obtención de un título.
Este es mi punto de vista, seguramente erróneo sobre el asunto. En torno a la elaboración de tesis, el problema radica en la escasa contrapartida que tiene su director, a nivel de horario y consideración de publicación, el esfuerzo que le supone, cosa que tampoco justifico.
Si alguien tiene interés en realizar alguna en el ámbito de las Ciencias Sociales o la Sociolingüística, puede contar conmigo.
¡Tengo todo el tiempo del mundo!
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