
¿Paz y concordia? ¡Ni en los cementerios!

Los aires guerra civilistas vuelven a llenar páginas de diarios y pantallas de televisión. Se aproximan elecciones y los escándalos que enlodan la política del país ponen en peligro sillones, prebendas, privilegios y modos de vida. Téngase presente que muchos de los aferrados a ideologías y partidos políticos, fuera de esos ámbitos, carecen de los medios elementales —estudios, formación y, sobre todo, espíritu de trabajo y sacrificio— para afrontar la subsistencia, perdido el manto protector que hasta ahora ha eliminado el riesgo que supone competir en condiciones de igualdad de oportunidades con el común de los ciudadanos. Por eso, con el único interés de arañar algún mísero voto que prolongue un día más una situación a todas luces insostenible en un Estado moderno de Derecho, se vuelve a hablar de Franco y del Valle de los Caídos.
Es miserable en sí mismo el recurso de acudir a la memoria de los muertos habidos en aquel trágico error de la guerra civil que vivieron nuestros abuelos hace ochenta y ocho años, fruto de las semillas de insolidaridad, rencor y odio hacia otras ideas y proyectos, esparcidas entonces por aquellos políticos, y que hoy, sin haber aprendido nada, los nuevos, reavivan una y otra vez, más por interés personal que social, de espaldas —que no inconscientes—, al riesgo que ello entraña.
Entiendo como inmoral una fotografía electoral que usa como fondo restos humanos producidos por la barbarie ideológica, igual que lo son las grabaciones de salvajes ejecuciones que acostumbran a difundir determinados grupos terroristas. Las imágenes coinciden en su objeto. Estas muestran un espanto del presente y aquellas un horror del pasado.
Pero mi indignación sube exponencialmente de nivel al pensar que esos restos, como titula algún medio de comunicación, puedan corresponder a personas ejecutadas por el bando que con tanto ahínco y bombo defiende nuestro actual gobierno, incluso pertenecer a mi propio abuelo.
Antonio Megía del Castillo fue retenido, torturado —me niego a entrar en el detalle de las atrocidades de que fue objeto—, y, finalmente, vilmente asesinado en el año nefasto de 1936. No tuvo posibilidad alguna de defensa, ni juicio, ni razón justificativa más allá de su condición de católico y propietario de unas tierras con parras y una barrilería conseguidas gracias a su trabajo y esfuerzo personal.
Pero no fue bastante aquello, ni el abandono de su cadáver en la soledad de un campo, para satisfacer la necesidad de sangre de aquellos desalmados. ¡No!
Devastaron y quemaron tierras y propiedades dejando sin recursos a su viuda y ocho hijos menores de edad, además de obligar a las dos chicas mayores a limpiar entre risotadas e insultos los locales de reunión en que se divertían los asesinos.
Debió ser en los primeros años sesenta cuando se plantea en la familia la posibilidad de su traslado al Valle de los Caídos. Recuerdo, entre las brumas de mi memoria de la niñez, las serias reuniones que se vivieron en casa y la decisión final de mi abuela que zanja la cuestión con este argumento: «Nosotros, aquí, le recordaremos siempre, pero allí, además, a diario rezarán por el eterno descanso y la paz de su alma».
Se le arrebata ahora también descanso y paz. ¿Tanto mal hizo en vida? ¿Con qué derecho puede alguien usar sus despojos como fondo de un selfi presuntuoso?
La miseria elevada al grado sumo. Como decía el recordado humorista: ¡País!
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